Historia de Jaida

mano feministaNací en el 1937, en plena guerra civil. Mi madre ya contaba con un hijo mayor, mi hermano Pepe. Sus recursos económicos se limitaban a lo poco que podía conseguir del campo, a la leche de una cabra vieja y los huevos de una gallina que casi siempre tenía que vender para conseguir algo de dinero.

La carencia, la necesidad, la miseria y tantos sinsabores de aquella época hicieron que mis padres no repararan en la falta de cariño que mi hermano y yo tuvimos. Nunca supe lo que era un beso de mi padre, nunca escuché de boca de mi madre “¡Ay mi niña, qué bonita es!”

No recuerdo ver nunca maltrato psicológico o físico entre mis padres, pero supongo que la carencia de afecto durante mi infancia ha marcado toda mi vida.

Cuando conocí al padre de mis hijos, tenía sólo quince años y mucha necesidad de sentir que le importaba a alguien para algo más que no fuera mandarme, mandarme y mandarme.

Al principio, todo era precioso, me decía “¡Qué guapa eres!”, “¡Qué color tan bonito de piel tienes!”, “No puedo pasar ni un día sin verte”, “Conmigo, lo tendrás todo”…

Y todas esas cosas que yo necesitaba escuchar y que tanto endulzaban mis oídos, vacíos de mi vida incompleta.

Cuando nos casamos, todo se transformó en hijos, palos, insultos, celos enfermizos y el infierno más grande al que un ser humano se puede haber sometido jamás.

He parido once hijos, la mayoría concebidos mediante violaciones. Siempre era mejor agachar la cabeza para no despertar su ira ya que, después de una borrachera, siempre acababa pagándola conmigo y los niños.

Recuerdo una vez que no tenía ni un miserable vaso de leche que darles a mis hijos y le pedí que me diera algo de dinero. Tirándome diez duros como el que le echa comida a los cerdos, me dijo ¡”Que coman algarrobas!”

Cada día que he pasado a su lado me ha hecho sentir como el ser más inútil, retrógrado e inservible de este mundo. Desde la distancia, ahora que pienso fríamente, nadie está preparado para tener que sufrir estas vejaciones. Yo tampoco lo estaba, pero lo que más me duele es pensar en todo el sufrimiento y en todas las penurias, que han tenido que ver y sufrir mis hijos porque yo no supe buscarles un padre mejor. El triste sentimiento de pensar que a mi lado no han podido gozar de la vida digna que todo padre anhela para sus hijos.

Cuando él tenía 44 años, a causa de tantas borracheras, su hígado podrido de alcohol le ocasionó una hemiplejia que le dejó postrado en una silla de ruedas. Después de 36 años aún sigo cuidando de él. Cada día afeito su cara y lavo su cuerpo desvalido y desgastado. Lo pongo de mil posturas para que su cuerpo no se ulcere. Intento darle la vida digna que no se le niega ni a un perro y jamás he escuchado de sus labios un “Perdóname”, un “lo siento”, un “te necesito”, al contrario, aún sigue maldiciendo con su lengua el día en que me conoció. Pero mi condición, maldita o bendita condición, me impide abandonarle después de tanto como he pasado. Ahora que es cuando más me necesita.

Yo no sé si merece la pena, pero desde lo más profundo de mi corazón a toda persona que sufra las mismas circunstancias que nunca toleren que nada ni nadie les haga sentirse inferiores, que nada ni nadie les haga sentir que no valen y que nada ni nadie les haga sentir que no son dignos de pisar el suelo que les vio nacer, y que no pierdan la única vida que tienen a la sobra de alguien que te golpea una y otra vez, te insulta y te hace llagas en el alma, llena de promesas vacías.

Gracias a dios, hoy en día viven diez de mis once hijos. Todos me quieren, siento que todos me necesitan y alguno, de vez en cuando, escribe unas letras dedicadas a mí, donde me dicen:

Con tus manos arrugadas,

y tu piel endurecida,

hoy tus ……… pintan canas,

qué guapa eres, madre mía.

 

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